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28 agosto 2012

Cuento - Horacio Pettinicchi



Contaba mi abuela que allá en el norte, en la punta de la estancia de Pinas donde la provincia de Córdoba se hace riojana, si uno se acerca de noche al brocal de algún pozo suele sentir la cantarina voz del Dionisio Britos entonando una vieja zamba olvidada.

Mozo trabajador, dicen que fue, tanto le daba cavar un pozo, como desbarrar una represa a puro rastrón y si se cuadraba la ocasión, no le hacía asco alambrar algún campo o sacarle las cosquillas a algún yegüarizo.

Sus manos hechas al pico y la barreta, duras como tosca, se hacían suaves cuando en medio del pichanal acariciaban la esquivez de alguna moza, se hacían leves pellizcando las cuerdas de su guitarra o tincando alguna caja en carnaval.

Y si bien era mentado como buscador de vertientes, no había otro con tanta fama de salteador y atrevido en esos montes. 

-Boniito… ha salido el muchacho, ve –decían los viejos-. Buen pocero, pero no le dejen muchacha cerca porque si de cavar se trata, no distingue la tierra de una moza.

Infaltable animador de las pocas fiestas que había en esos pueblos, era capaz de comerse medio chivo él solo, y  beberse de una sentada más de un cajón de cerveza, de esas enfriadas en arena y tapadas con arpillera mojada. Cantor y guitarrero, era la alegría hecha hombre, el Dionisio.

Sólo una vez lo vieron sosegado, con la voz acallada, y borrada su sonrisa.

Fue el día que bajó al pueblo y en el almacén de Don Cinecio compró unos clavos, tablas, algún pedazo de liencillo –como para mortaja dijo-, cinta negra y unas bebidas. Esa madrugada se había cortado la Dominga, llevándose con ella ese hijo que le venía empujando desde adentro.

Y el canto, ese canto alegre, tan de él, se le había ido con ellos.

Fue el tiempo de la sequía grande y viera usted cómo se morían acezando los pobres animales. Represas grandes, como la de Pinas, que entregaban agua mucho después del año, se habían secado.

Y era un continuo ir y venir del Dionisio. Que desbarrar un pozo, que buscar nueva vertiente, que cavar uno nuevo.

Cada vez más abajo se hundía el hombre, cada vez más abajo se escuchaba su voz, entonando alguna zamba olvidada, de ésas que supo bailar con la Dominga.

Los atardeceres lo veían surgir de los pozos cubiertos de arcilla, brotaba de la misma tierra como una roja vertiente, como aquel primogénito ser que algún Dios le dio vida.        

Y como él, como ese primogénito Hombre, carenciado de afectos.                 

Estaba solo el Dionisio, demás solo se sentía cuando volvía a las casas, ya nadie lo esperaba, ya nadie le tendía el mate y la tortilla recién horneada en cuantito bajaba de su caballo.

Aduciendo miedo a pasmarse por los vientos que soplaban en esos páramos, el mozo ya no salía en todo el día del pozo.

Cuando mediaba el sol en lo alto se hacía bajar en el noqui alguna ollita con un sanco y agua, en un botellón retobado en lona.

Cada día pasaba más tiempo junto al oscuro, cálido vientre de la tierra, tan cálido y oscuro como el de su Dominga, que en paz descanse. Cada día se demoraba más en esa tierra henchida de promesas, anhelando verla parir la vertiente que calmara la vieja sed de su gente.

Calzando pozos y barreteando la dura tosca se le iba la vida al Dionisio. Hondo andaba el hombre en búsqueda de esa esquiva agua, cuarenta, cincuenta, hasta sesenta metros hundió al duro pico.

Después, protestando que se estaba más fresco que en las casas, también solía hacer noche en el fondo del pozo.

Quietas y silenciosas noches donde el tac-tac del pico y el duro golpe de la barreta, acompañaban el descanso de los puesteros cercanos, y se mezclaba con la oscura voz del Dionisio, hecha canto.

Y justito al año que se fue la Dominga, el monte amaneció sin el canto del pica-tierra.

-¡Eh! Dionisio! ¡Qué pasa hombre! ¡Contestá muchacho! –gritaba Don Tránsito al borde del pozo.

Nadie respondía al llamado. Desde abajo solo subía el silencio. Amoscado, y pensando en alguna broma del pocero, Don Tránsito le ordenó a uno de sus hijos que bajara a ver qué pasaba.

Al subir, el muchacho traía entre sus manos el gastado pico del Dionisio y el pedazo de lona que usaba el hombre para tapar sus vergüenzas cuando trabajaba. El Dionisio había desaparecido. Al otro día, con la fresca, cayó Don Tello, el Comisario de Los Huecos. Tomó unos mates, miró, mandó que un vigilante baje al pozo y decidió nomás que el Dionisio se había ido del pueblo sin avisar a nadie.

Cuenta mi abuela que nadie creyó lo que dijo, ni siquiera el mismo Comisario. Dicen los que saben que el Dionisio se hizo vertiente, y ahí anda el mozo convertido en fresca agua recorriendo los pozos de esos lugares, apagando la vieja sed de su gente. Otros afirman que el pocero se hizo tierra, buscando en ese vientre marrón, aquella esperanza perdida que se fue con la Dominga. Suelen creer en esos montes que si alguien se acerca de noche al brocal de algún pozo, escucha la honda voz de Dionisio Britos entonando alguna vieja zamba olvidada de ésas, que supo bailar con la Dominga.

Horacio Pettinicchi

Microrrelato - Claudio Bellouh Ardoy

Me gusta lo difícil

Se conocieron junto al Riachuelo, en una tarde húmeda, pegajosa. La Boca y Barracas siempre habían sido sus territorios. Guapos y pendencieros los dos, se miraron con desconfianza, pero de inmediato supieron congeniar. Ese andar errabundo, buceando los estratos más bajos, dejando en cada esquina dolores y pasiones nacidas del pueblo, los hermanó.


Uno aportó melodías, compás, notas desgranadas con amor y rabia, el otro dijo: "me gusta lo difícil" y lo llevó a caminar entre paicas, fiolos, chabones, chiruzas y percantas; palabras con aire orillero que no se entienden en otras latitudes, a veces ni siquiera en el lugar, pero que el hombre expresa y muerde con hondo sentimiento. Por eso se hicieron inseparables. Juntos consiguieron plasmar una idiosincrasia enancada en un idioma propio, lo que les dio pasaporte para viajar por el mundo entero.

Uno se llama tango, el otro, lunfardo.

Claudio Bellouh Ardoy

Poesía - Cristina B. Monte

El mar

El mar, insondable y majestuoso,
Coronado de blancos penachos
Que besan las ardientes
Y doradas arenas de la playa,
Con caricias suaves,
Egoístas, prometedoras.

El cielo, hermosamente misterioso.
Siempre tan cerca
Y siempre tan lejos.
Y el sol grande,
Tan grande como siempre,
Rompiendo la armonía del azul.
Al cual no puedo mirar
Y sólo percibo en mi piel.

Mis pies desnudos
Corren hacia los médanos del tiempo
Buscando la frescura de los recuerdos,
La dulzura de un beso perdido
En los rincones del sentimiento.

Al extenderse mi cuerpo
Bajo las sombras del miedo
Se escucha en el aire
Un grito en silencio.
Y al apagarse el eco
De mi voz incolora
Sólo escucho del inmenso mar
El lamento.

Mis lágrimas se fundieron
En el mar inmenso,
Insondable, majestuoso.
Miré al cielo aterrada
Por su hermoso misterio.
Quise tomar el sol
Con mis manos
Y llevarlo a mi lado eternamente.

Pedí ayuda a los ángeles,
Quizás al infierno.
Nadie vino. Estaba sola.
Sola... con mi miedo.

Cristina Beatriz Monte



12 marzo 2012

Cuentos

El pobre escritor (Por:El conocimiento es un amigo mortal)


Por fin la habitación se había convertido en un lugar confortable. Sirviéndose de garrapatas y piojos había fijado las cortinas, hechas de tela de araña, en las ventanas. Aquí y allá había montoncitos de papeles con excrementos de ratones, polvo y cenizas de pipar. Sobre la mesa había una vela que proyectaba una luz dura y brillante que trazaba su sombra en las paredes descarilladas. El escritor seguía trabajando en sus obras durante el día y la noche. No le importaba mucho descansar, pues para él la vida consistía en escribir y tenía entre manos muchas más historias que las que podía redactar o terminar.
Sentado ante la mesa coja de una pata, su mano se movía, como una sierpe, de un lado para otro y su pluma se afanaba más en volar que en trazar palabras; miraba al techo para encontrar palabras perdidas entre goteras, desconchones y una maraña de mosquitos. No, no era como esos escritores de hoy acostumbrados a decir nada. Cuando encontraba la palabra justa era la palabra justa la que lo había encontrado. Dos cucarachas sujetaban los pliegues azules del cuaderno y el cajón vacío temblaba una vez, dos veces, varias veces, imitando dulcemente el eco de las palabras halladas. Qué prodigiosa imaginación la del escritor pobre: le interesaba toda la Humanidad y todas sus ilusiones insostenibles. Todas las maravillas, cándidamente, fueron pasando por la habitación de improviso, como pasan los pájaros camino de otras tierras, sin detenerse allí. Oh, triste la vida del escritor, grande y rico cuando la bBelleza queda lejos, pequeño y pobre cuando la tiene encima: -Debe ser un escritor muy pobre - dijeron de él con vejatoria solemnidad - Ha puesto un alto precio a la Belleza.

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La  Belleza no se alcanza cuando se busca la belleza, sino cuando se busca la perfección


Colaboración del blog







  






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26 enero 2012

CUENTO INVISIBLE




imagen-fantasma
de Héctor Zabala ©

Un autor imaginó un cuento de fantasmas tan perfecto que, cuando intentaba escribirlo, los fantasmas del relato tornaban invisible la tinta. Nunca logró publicarlo.

(Minicuento premiado en el III Encuentro Teórico del Género Fantástico ANSIBLE 2006. La Habana, Cuba, 2006. Finalista en el IV Concurso Internacional de Minicuento Fantástico “miNatura 2006”, Madrid, España.)


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19 enero 2012

Una cruda realidad...



Esta mañana llegó a mi correo electrónico un 
e-mail. No citaban al autor de la historia, pero esta refleja una realidad cruda y cotidiana. Les va a gustar.




Tengo un sueño muy liviano, y la noche pasada noté que había alguien andando sigilosamente por el jardín

 de mi casa....Me levanté silenciosamente y me quedé


 siguiendo los leves ruidos que venían de afuera, hasta


 ver una silueta pasando por la ventana del baño. 





....Como mi casa es muy segura, con rejas en las ventanas y


 trancas internas en las puertas, no me preocupé demasiado,


 pero estaba claro que no iba a dejar al ladrón ahí,


 contemplándolo tranquilamente...





....Llamé a la policía e informé la situación y di mi


 dirección.





....Me preguntaron si el ladrón estaba armado; de que


 calibre era el arma; si estaba solo; si ya estaba dentro


 de la casa; etc., etc.





.....Aclaré que no y que de las características del arma


 no sabía nada... Me dijeron que no había ningún


 patrullero para ayudar, pero que iban a mandar a


 alguien en el momento que fuera posible. Que si pasaba


 algo que volviera a llamar ....!!!! 





....Dos minutos después llamé nuevamente y dije con voz


 muy calmada: ...No hay necesidad de que se apuren. 





....Yo ya maté al tipo con un tiro de escopeta calibre 12,


 que tengo guardada para estas situaciones. Y el tiro se lo


 pegué en la cara...!!! Le volé la cabeza y ahora sus


 sesos están regados por el jardín....





....Pasados menos de tres minutos, había en mi calle 5


 patrulleros de la Policía Federal; un helicóptero; el


 defensor del pueblo, el fiscal de turno, 2 patrullas de


 Defensa Civil, un equipo de reporteros de


 Televisión; fotógrafos; 1 diputado, 2 concejales y un


 grupo de derechos humanos, que desde luego no se


 perderían esto por nada del mundo. También llego la


 Bonafini con Schoklender. Y Zaffaroni llamó por


 teléfono... 



 estaba mirando todo con cara de asombro, tal vez pensando

....La Policía agarró al ladrón in fraganti, quien


 que la mía era la casa del Jefe de Policía...





....En medio del tumulto, un Oficial se aproximó y me


 dijo: Creí que había dicho que había matado al ladrón.


 Yo le contesté: Creí que me habían dicho que no tenían


 a nadie disponible para mandar.


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23 agosto 2011

Una lágrima para Antonio




¡Día de la Primavera! ¡Alegría de Estudiantes! de la cama saludamos al
nieto: ¡Que disfrutes! Ocho y cuarto de la mañana, trato de seguir durmiendo
nueve menos cuarto me levanto y te veo allí sentado; sigilosamente me
deslizo y voy a tu encuentro.
Trato de despertarte, estás como durmiendo.....
¡Vamos, vamos Antonio! Dale che que ya es tarde......
observo como tu mano sostiene la cabeza
tus ojos dormitando, tu cara serena.
De pronto da un vuelco y mi alma en pena
No puede creerlo.
Seis policías, el Same me dice:"Está muerto"
"Muerte dudosa" ocho y media falleció
y toda mi vida de pronto acabó.
Te escribo un libro, te hablo;
Las fotos las beso ¡ya sé! no hay regreso;
tu ropa la huelo, tu voz la conservo.
Se fue mi compinche, mi amigo y Mestro
y dónde coloco el amor que aun siento?
De noche mi mano va en busca de tu cuerpo,
tu mano gordota no cubre mi espalda
cuando estoy durmiendo.
Te lloro, te extraño, te digo TE QUIERO!!!!
Visito tu tumba; te ruego y te ruego
que pronto me lleves, aunque en nada creo.
¡No me hablen de Dios! Que tuvo su hijo
y mandó a matar, según sus designios;
desde que te fuiste me volví atea.
¡De Dios no hablen! ¡Prefiero ser huérfana!
TU MIRTA



AY!

Ay!, si tuviera el don de la Literatura
¿Cómo expresar mis ideas
que atropellan cual locura;
que me oprime en estas horas!
Soledad, querida compañera:
haces de amiga, hermana, madre.
Te llevo conmigo, conmigo compartes
y me entiendes,
y me ayudas,
y serás mi destino en cualquier parte.
¿Enséñame el camino, el camino que SABES!



MIRTA

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